Alteraciones de las FE y Adicciones (II)

18.1 vias dopaminergicas

“Si un hombre tiene un poco de conciencia, lo asalta cuando está sobrio. Y entonces se abate”. Pigmalión de G. B. SHAW

Teorías explicativas del proceso de adicción y su relación con los efectos en las FE (memoria de trabajo, planificación, flexibilidad, monitorización e inhibición de conductas):

Las causas de la adicción se han ido explorando de manera científica y se ha podido averiguar el papel de la química cerebral en su desarrollo. Así, se ha llegado a que es una enfermedad compleja de naturaleza bio-psico-social. Es decir, sus causas son múltiples e interactúan de una manera compleja. Su etiología, multifactorial y sistémica complica bastante su comprensión de una manera lineal al estilo de causa-efecto.

Además de la química cerebral, los factores de personalidad juegan un papel importante en el desarrollo de la adicción, aunque ello no signifique la existencia de la “personalidad adictiva”. Se ha observado que la baja tolerancia a la frustración y la dificultosa gestión de los sentimientos propios, son rasgos comunes al desorden adictivo, sin embargo, existen distintas personalidades con estos rasgos sin que presenten adicción.

Más bien, todos los factores mencionados-biológicos, genéticos y socio-culturales-, son los que configuran la predisposición y después, con la aparición del factor desencadenante (sustancias psicotrópicas, juego, sexo, relaciones, comida, etc.), evolucionarían hacia el proceso de adicción.

Coincidiendo con este modelo, se pueden formular algunos pronósticos a partir de resultados experimentales como:

  • los hijos de alcohólicos muestran una probabilidad 3 ó 4 veces mayor de desarrollar el desorden alcohólico (Schuckit, 1987; Cotton, 1979)
  • los estudios con gemelos adoptados han sido conclusivos en la existencia de factores genéticos predisponentes (Prescott & Kendler, 1995)

Además, se han identificado en el cerebro los receptores primarios y los neurotransmisores asociados de casi la mayoría de las drogas de abuso, demostrando la importancia del sistema de la dopamina en la disfunción adictiva de estas drogas.

Sin embargo, existe también otro modelo explicativo de la aparición del trastorno de adicción que estaría relacionado con la existencia de la “personalidad adictiva”.

Según estos autores, algunas drogas provocan determinados comportamientos, pero habitualmente los adictos consumen las drogas más en relación directa con su personalidad previa. Aunque existan drogas que por sus componentes químicos, generen euforia o depresión, o incluso violencia, lo que determina el curso del comportamiento del adicto es básicamente la patología previa.

Para los autores que lo consideran aprendizaje condicionado, los estímulos neutros que se asocian con la droga quedan condicionados, por ej., encuentros con ciertas personas, ir a lugares como discotecas, etc.. Incluso podrían añadirse a estos estímulos los estados afectivos y emocionales que en muchas ocasiones acompañan al consumo de drogas y que de igual manera pueden quedar condicionados. Una vez condicionados pueden por sí mismos incrementar la dopamina y desencadenar el deseo de consumir, lo que explicaría el riesgo de las personas con una adicción a recaer cuando se exponen a un entorno en el que previamente se ha consumido la droga, y englobaría parte de lo que Ingelmo y cols. (2000) han denominado el “contexto drogado” (citados por M. de Iceta).

Otra explicación del fenómeno es la teoría de la sensibilización al incentivo de Robinson y Berridge, (1993), que también ubica el impulso a consumir drogas dentro de las vías mesotelencefálicas de dopamina del cerebro y que atribuye carácter de incentivo a la percepción y representación mental de los acontecimientos asociados con la activación del sistema. Esta sensibilización al incentivo transforma el deseo ordinario en “deseo compulsivo”. Después de suficiente exposición, el placer de las conductas adictivas se vuelve irrelevante ya que el sistema neural deseante está construido para estimular al organismo a conseguir un objetivo, por tanto lo que sigue es el consumo compulsivo de droga a pesar de los fuertes efectos adversos, pérdida de trabajo, del hogar e incluso el bajón que algunos consumidores sienten después del consumo. Esto explicaría el fenómeno clínico común de que los pacientes dicen que a ellos no les “gusta” fumar cigarrillos o consumir cocaína y al mismo tiempo sienten intensos deseos que aparentemente solo pueden ser satisfechos mediante el consumo de la droga. Esto, nos podría llevar a la reflexión sobre las diferencias interindividuales en la vulnerabilidad de este sistema, vulnerabilidad interindividual que a su vez estaría desde un principio en interacción con el medio ambiente.

Otra posible teoría explicativa es la adicción como intolerancia a los afectos de Khantzian. Este autor plantea la hipótesis de que la preferencia por una droga supone algún grado de especificidad psicofarmacológica: Los opiáceos atenúan los sentimientos de cólera o violencia, el alcohol y los depresores del SNC alivian los sentimientos de aislamiento, vacío y ansiedad y los estimulantes (anfetaminas, cocaína, etc.) mejoran la hipotonía, alivian la depresión o contrarrestan la hiperactividad y los deficits de atención. Khantzian considera su trabajo como una ampliación del trabajo de la psicología del Self, (especialmente Kohut – 1971, 1977) y localiza los orígenes de la incapacidad para regular los afectos en la infancia temprana y en un fracaso de la internalización de la capacidad de autocuidado.

18.2 adicciones

La hipótesis de la automedicación se confirma constantemente cuando se escuchan los relatos que hacen los pacientes de cómo responden a los estados afectivos intolerables mediante el uso de drogas. (Dodes – 1990, 1996). Dodes cree que la puesta en funcionamiento de la conducta adictiva sirve para restaurar un sentimiento de potencia contra la vivencia de impotencia/indefensión. Por medio de la conducta adictiva se restaura un sentimiento de poder como reemplazo a la reafirmación de poder en el mundo real.

Y por último, la adicción como sustituto del objeto, cuya formulación original es de Winnicott, tiene en común con los 3 puntos de vista anteriores que considera completamente errónea la idea de que la adicción es impulsada por un deseo de placer. Pues, según este modelo, la falta de capacidad para usar las relaciones internas o externas tiene como resultado la necesidad constante de conductas adictivas como objetos transicionales.

Las causas mencionadas hasta aquí pueden hacerse extensivas a los demás procesos de adicción sin sustancias, como la ludopatía:

El origen de la adicción al juego es un proceso complejo, pero dentro de los numerosos factores del juego, son especialmente significativos:

A)   Una profunda alteración de la autovaloración (alteración narcisista).

B)   Una alteración de las relaciones.

C)   Una irritación desregulada.

En la clasificación DSM-IV, son además mencionados los típicos modelos de pensamiento alterado en los juegos de azar:

1)    El especial significado del dinero para el jugador.

2)    El pensamiento sobre el rendimiento violentamente competitivo.

3)    Su habitual y exagerada necesidad de reconocimiento social.

4)    Una tendencia a la furia.

5)    Las reiteradas apariciones de enfermedades psicosomáticas producidas por el estrés.

En la ICD-10, la clasificación de enfermedades establecida internacionalmente, la patología del juego figura bajo las “anomalías habituales y alteraciones de los controles del impulso”.

Una gran parte de los adictos al juego (cerca de un tercio) sufren también de algunas otras dependencias, como alcoholismo o adicción a las otras drogas de abuso.

También en el caso de la ludopatía, el proceso de adicción tiene resultados similares para los adictos:

Se desarrolla una dinámica propia, típica de la adicción, que alcanza a todos los aspectos de la vida y se manifiesta en, por ejemplo, el intento de equilibrar las constantes pérdidas con apuestas excesivas. Se llega a un avanzado aislamiento social. Se sienten la vergüenza y el endeudamiento, por lo que el juego se comienza a ocultar. Se ingresa cada vez más en un ambiente determinado por un estilo de vida típico de los juegos de azar, que se basa en una necesidad de satisfacción sin principio ni fin.

Por último, la adicción puede avanzar hasta una ruina financiera, pérdida del apoyo familiar, amenaza de la posición profesional, etc. Esto puede llevar a acciones criminales con el fin de conseguir dinero para el juego. Y a nivel corporal, se manifiestan las consecuencias de un juego nervioso constante a través de diferentes síntomas psicosomáticos, tales como úlcera gástrica, dolores de cabeza e infartos.

Para concluir y como dice M. Chóliz, “no es adaptativo depender del tabaco para concentrarnos en una tarea, como tampoco es sano depender del alcohol para divertirse, consumir éxtasis para sentirse feliz, o depender de la cocaína para rendir eficazmente en el trabajo, o en el sexo. Pero tampoco lo es depender del juego de azar para recuperar pérdidas económicas sufridas por el propio juego, del trabajo para mantener autoestima, del cónyuge para tomar decisiones, o de la religión para pensar. El problema aparece cuando no podemos solucionar los problemas sin acudir a ellos. El círculo se cierra definitivamente cuando los problemas son inducidos precisamente por la propia adicción”.

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