Talento y Liderazgo: MIEDO y Creencias (II)

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La diferencia precisa entre los seres humanos radica sólo en esto, el modo en el que dicen sinsentidos. Lo universalmente humano es decirlos. S. KIERKEGAARD

 

Hemos visto que el meme talento, etimológicamente proviene de una unidad monetaria del mundo antiguo, que fue utilizado como metáfora y ha adquirido fama dado que protagoniza una de las parábolas más populares del evangelio.

Las metáforas no sólo nos afectan como individuos, sino que también afectan a nuestra comunidad y al mundo. Las metáforas que adoptamos culturalmente pueden configurar nuestras percepciones y acciones de manera definitoria. El poder inherente en las metáforas reside en su fácil entendimiento y en su simplicidad y belleza. Sin embargo, si no tenemos cuidado al adoptar una metáfora, también adoptamos instantáneamente muchas de las creencias que van adscritas a ella.

Cuando nos referimos al talento como una dote incorporada desde el nacimiento y cuando consideramos el talento como la mejor forma de hacer, estamos tratando el talento como una metáfora de las propiedades de la actividad cerebral que se convierten en aptitud.

Es decir, con el talento nos estamos refiriendo a un potencial y a un desempeño, que puede ser heredado, o adquirido mediante aprendizaje. ¿Cómo se logra un alto desempeño?: liderando las aptitudes hacia el logro de un propósito.

Algunos autores, como José Ingenieros en su libro El Hombre Mediocre, plantea una diferenciación entre genio y talento: «Llama genio al hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros, o desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya conocidas –o sea, incluye innovación en el sentido de Schumpeter (invento + proceso)-; y, talentoso, al que practica formas de actividad practicadas por otros, pero las desempeña mejor que la mayoría de los que cultivan esas mismas aptitudes».J. Ingenieros propone también arquetipos de hombres capaces de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar (líderes), o incapaces de aceptar ideas distintas a las que ya han recibido por tradición (como receptor y continuador de la herencia biológica). Estas categorías fueron tomadas y reformuladas décadas después por Ortega y Gasset en su libro La Rebelión de las Masas (construcción de antinomia entre el hombre-masa y el hombre-noble) en el que expresa, “La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre, o que carece de importancia”.Ambler afirmó: “Según como elegimos responder, en el espacio entre estímulo y respuesta, se reflejará nuestra comprensión del liderazgo”.

Las teorías sobre el liderazgo coinciden en que es primordial para el líder conocerse a sí mismo para convertirse en la persona que realmente quiere ser, pues, “solo aquel que se conoce a sí mismo puede autodirigirse en forma exitosa y por lo tanto estar en capacidad de dirigir a los demás”. Convertirse en líder se asemeja más al proceso de crear una obra artística: El arte de llegar a ser líder es el arte de ser uno mismo.

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“La biología le da un cerebro. La vida lo convierte en una mente.” J. EUGENIDES

 

El filósofo M. Heidegger (1889-1976) llegó a la conclusión de que los humanos requieren de la sensación de la angustia para enfrentarse a la existencia –de igual modo que se necesita el miedo para sobrevivir a un peligro amenazador-.

Según Heidegger, pasamos de un estado de ánimo a otro enredados en una trama de circunstancias y actividades. Con ello, caemos en rutinas que confundimos a menudo con “el sentido de la vida”.

El miedo es una emoción primaria relacionada con un elemento específico (arañas, espacios estrechos, o cualquier otra cosa), la angustia surge frente a un factor indeterminado, pero necesita de un agente desencadenante (el recuerdo de un error, un conflicto sin resolver, etc.).

La neurociencia investiga el nexo entre el desencadenante y la reacción de angustia a través de estudios del condicionamiento de la conducta. Se averigua la forma en que los organismos aprenden a comportarse de maneras determinadas ante un peligro (experimento clásico con ratas en una jaula con un suelo que produce ligeras descargas eléctricas).

Los investigadores han podido rastrear este patrón de reacción hasta los grupos de neuronas que controlan el equilibrio emocional humano, entre ellos, la amígdala. Este área almendrada que se aloja en la base del cerebro, activa el tronco encefálico, el cual produce respuestas de angustia. Aunque en el laboratorio pueden investigarse componentes universales de dicha emoción, su vivencia continúa siendo un enigma.

Algunos contemporáneos están convencidos de que los neurocientíficos, tarde o temprano, descubrirán todo lo que hay que saber sobre la base neuronal de nuestras emociones.

Cuando nos embarga la angustia, se desvanece la sintonía armónica con el mundo. De repente todo se vuelve irrelevante, nuestra posición en la vida se desdibuja y reconocemos su banalidad. La angustia es parte de la conditio humana, enseña la filosofía. La angustia puede resultar de gran utilidad como medio de conocimiento, ya que nos ayuda a ahondar en la comprensión de nuestra circunstancia vital, indica Heidegger.

Si bien algunas angustias se fundan en la carencia de una guía definitiva de nuestra conducta, nos posibilitan enjuiciar la propia vida. Nos concede la oportunidad de conseguir una mejor versión de la vida.

La ciencia proporciona, por así decirlo, un andamiaje a partir de hechos objetivos reproducibles, pero la experiencia inmediata tiene mucho más que ver con las vivencias del edificio cubierto por esos andamios.

Algunos piensan que las imágenes obtenidas por IRMf son como “fotografías” de estados mentales. Sin embargo, éstos van más allá de los patrones de manchas que revela el escáner cerebral. Las emociones se conforman según códigos biológicos y también por el contexto cultural, moral y social. Ninguno de los dos aspectos revela por completo el objeto en cuestión, sino que ambos se complementan.

¿Cómo experimenta un líder su conocimiento de sí mismo, como vive sus emociones, sus sentimientos, sus creencias y las convierte en pautas de conducta?:

M. E. Gerber en su artículo El gran sonido de la palabra liderazgo, relata su experiencia al ver el vídeo de una conferencia global sobre liderazgo y dice “…fui absorbido por la colección más emocionante de palabras, sonidos, música y pasión, de parte tanto de los conferencistas como de la audiencia, la cual parecía estar conformada por miles de personas. Un gran y vibrante acontecimiento de alegría y entusiasmo. Y sí, también de creencia. Creencia en las palabras y en la música. Creencia en los sonidos y en los sentimientos –especialmente en ellos– los cuales sólo se pueden generar cuando miles de personas se reúnen por una misma razón, motivados por un propósito en común; en este caso, en el nombre de dios, de la iglesia y la religión. Todos estos sentimientos eran palpables en el sitio Web y en las caras de los asistentes. El video estaba muy bien editado, con la intención de sacar lo mejor de sí, como lo hace un buen documental o una película. Un auténtico acontecimiento.

Entonces, ¿para qué estoy escribiendo esto? Es el resultado de lo que me pasó mientras veía el video y me imaginaba a mí mismo siendo uno de los conferencistas. Es la acumulación de las impresiones que he cosechado a lo largo de mi vida como conferencista, como autor reconocido, como emprendedor y sí, también como líder. Todas estas impresiones hicieron ebullición en mi cabeza mientras veía La Película sobre liderazgo, sobre la “gran causa”, sobre mover montañas o crear montañas donde todavía no existe ninguna, sobre lo fácil que todo sonaba, sobre lo estáticas que son las palabras.  

En este mismo día, experimenté la gran dificultad de hacer realmente aquello de lo que todos están hablando, lo que todos cantan: el acto de ser un líder. El misterio de ser un líder y el verdadero hecho de ser un líder, lo que me llevó a pensar en cómo, en el mundo actual, existe muy poco liderazgo. Y eso se debe a que no hay audiencia para nosotros.

No, el liderazgo no es un evento, es una acción. Una acción que toma lo mejor de nosotros, hasta el pedazo más pequeño, y la mayoría de las veces, sólo se aprecia después de un hecho concreto, y es percibida por alguien más, no por aquel que lidera. Porque la palabra sólo es tan buena como la acción en la que se mueve. Sí, se mueve. Eso es. Los grandes líderes se mueven constantemente, se mueven siempre hacia delante, y eso es eterno. Es un hecho y es una acción. ¡Lidera!”.

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