Salirse de la Fila

pelotón-fusilamiento

El estudio de la influencia social en las conductas individuales, o cómo el entorno puede cambiar a las personas, tiene antecedentes en algunos hechos históricos recogidos en la literatura, de los que ahora seleccionamos dos: “La autoejecución de un capitán francés” y el episodio de un grupo de la policía de reserva durante la IIGM, narrado por  el historiador Browning en  su obra “Aquellos hombres grises. El Batallón 101 y la solución final en Polonia”.

El militar y aventurero J. C. Friedrich, cuenta en las memorias tituladas “Cuarenta años de la vida de un muerto” que, “…el capitán de un regimiento de las tropas napoleónicas, con fama de valiente y buen soldado, convocó a su compañía a hacer ejercicios de tiro al plato en una plaza habilitada al efecto. Pero antes de que empezaran los ejercicios, ordenó a sus hombres que formaran un corro en torno a él y, en un dramático discurso, les inculcó que el primer y más sagrado deber de un soldado es la obediencia incondicional hacia sus superiores: no importa lo que éstos ordenen, pues después de todo el peso de la responsabilidad recae únicamente sobre ellos.Tras esta alocución, ordenó a sus hombres que se pusieran nuevamente en fila y cargaran armas, realizando después diversas maniobras de rutina. En un momento dado se colocó frente a ellos y, de un solo aliento, les espetó: “Apprêtez-armes, joue-feu!”. Inmediatamente después, su cuerpo cayó exánime al suelo. Dos terceras partes de sus hombres habían disparado. Sólo la tercera parte restante había tenido suficientes reflejos y conciencia para detenerse a tiempo y no pulsar el gatillo.”

Con el tiempo se supo que el capitán había decidido auto-ejecutarse de este modo porque la Orden de la Legión de Honor que esperaba obtener desde hacía tiempo le había sido concedida a su rival. “Resulta difícil creer –observa Friedrich–, que sea posible que una cosa tan miserable como un juguete de una cintita con una crucecilla, haya podido inducir a una persona sensata a cometer una estupidez semejante”. Tanto más, cuanto que lo que el capitán también empleó a modo de juguete fueron la conciencia y la lealtad de todos sus hombres.

Friedrich no disponía de una expresión certera para referirse al nudo del relato de la muerte del capitán francés, se llama “Ley de Obediencia Debida”, una expresión que obtuvo triste popularidad en los 80’s en relación a los crímenes de la dictadura argentina y que se mantuvo vigente como eximente legal incontestable hasta que el Tribunal Militar Internacional la cuestionó como tal en el proceso de Núremberg.

Browning_Aquellos hombres grises

En la otra experiencia histórica que nos ocupa, Browning nos cuenta que “el 13 de julio de 1942 los hombres del Batallón Alemán 101 de la Policía de Reserva, estacionado en Polonia, fueron despertados al rayar el alba y conducidos a las afueras de un pequeño pueblo. Provistos de munición adicional pero sin tener ni idea de lo que les esperaba, los 500 hombres se agruparon en torno a su apreciado jefe, el Comandante de 53 años Wilhelm Trapp.

Nervioso, Trapp explicó que les había sido encomendada una misión tremendamente desagradable, y que las órdenes procedían de las máximas autoridades. En el pueblo había unos 1.800 judíos que al parecer estaban colaborando con los partisanos. La orden era coger a los judíos varones mayores de edad y trasladarlos a un campo de trabajo. Matarían a las mujeres, los niños y los viejos allí mismo. Mientras hablaba, Trapp tenía los ojos llenos de lágrimas y forcejeaba a todas luces por controlarse. Él y sus hombres nunca habían recibido una orden así. Al finalizar su alocución, hizo un ofrecimiento extraordinario: si alguno no se sentía con ánimo de realizar la tarea que le esperaba, podía salirse de la fila.Trapp hizo una pausa. Los hombres tuvieron unos segundos para decidir. Una docena de hombres dieron un paso al frente. Los demás participarían en la matanza. Muchos de ellos, tras cumplir una vez con su deber, vomitaron o tuvieron otras reacciones viscerales que les impedía seguir matando, por lo que luego se les encargaron otras tareas. A casi todos les horrorizaba y asqueaba lo que estaban haciendo. Sin embargo, ¿por qué sólo una docena entre 500 declararon no estar dispuestos a participar en el asesinato masivo?.” Caso incluido en “Decisiones instintivas”, GIGERENZER, G. (2008)

Si no era antisemitismo ni miedo a la autoridad, ¿qué había convertido a hombres corrientes en asesinos?.

Browning señala varias causas posibles, entre ellas la falta de aviso y de tiempo para pensar, la preocupación por su ascenso profesional y el miedo al castigo por parte de otros oficiales. Sin embargo, concluye que hay una explicación distinta basada en cómo los hombres uniformados se identifican con sus camaradas.

Muchos policías parecían seguir una regla general social: NO ROMPAN FILAS.

¿Qué cree que habría hecho usted?, ¿Dispararía?. El proceso mental que lleva a señalar a alguien como el enemigo a exterminar, no es sencillo, pero cuando se produce, genera seres humanos como Eichmann, seres normales que en un momento dado de sus vidas desconectan del más mínimo atisbo de moralidad, por miedo a ser rechazados por su grupo de referencia.

Lo más espeluznante, antes de conocer los experimentos de Milgram y Zimbardo, es que se tendía a pensar que el mal se encontraba en el individuo, en los psicópatas tipo Hitler, Stalin o Mao Zedong. Pero, después de los experimentos ya sabemos que cualquiera de nosotros, si la situación le lleva a ello, puede llegar a ser como Eichmann o Mengele.

Los experimentos demostraron que las situaciones sociales tienen un poder muy sutil para influir en el comportamiento de las personas, mucho más de lo que las propias personas somos capaces de imaginar.

¿Cómo es posible que un ser humano sea capaz de renunciar por completo a su humanidad, en aras de una ideología irreflexiva, que le lleva a cumplir órdenes impuestas por una autoridad que le anima a destruir a todo aquel que es etiquetado como enemigo?. No se sabe.

Sin embargo, se sabe que algunos seres humanos -quizás héroes-, no se dejan arrastrar por la fuerza de la situación.

Revisaremos este “efecto de heroicidad” en la próxima entrega…

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